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  • lunes, 04 de julio de 2022

Hasta no verte Jesús Mío

Una crónica de largo aliento, hermosa. Habilita a pensar en cómo y por qué es necesario narrar este tipo de historias. El lado b de la guerra, de un país, de la vida. Hasta no verte Jesús Mío, escrita por la mexicana Elena Poniatowska en 1969 invita a remapear otro presente latinoamericano, donde las mujeres se entremezclan con la historia. 

Por Martina Dentella.

 

Hasta no verte Jesús Mío

Poniatowska cuenta que la primera vez que le pidió que le contara su vida -porque la había escuchado hablar en un lavadero y le pareció formidable su lenguaje y sobre todo su capacidad de indignación- Jesusa le respondió: “No tengo campo”. Algo así como no tengo tiempo, espacio, ganas. Todo junto. 

Jesusa Palancares era una mujer de origen oaxaqueño, mexicana. Era huérfana de madre, y había vivido toda su vida en un ambiente de pobreza, girando con pocos bártulos. Después de algunos embates, Jesusa se casa con un militar y combate en la revolución, y a pesar de su descontento por la violencia que recibe de su marido, logra conocer todo México combatiendo. Cuando su esposo muere, Jesusa se queda varada en la capital, decide quedarse a vivir y trabaja como obrera, como sirvienta y como lavandera. Se involucra especialmente en actos religiosos y conoce la vida espiritual. Jesusa, quien cree en la reencarnación y en la espiritualidad, ya es un personaje inolvidable de la literatura mexicana. Quizás la mujer mejor narrada. 

Poniatowska, su entrevistadora, cuenta que cuando la conoció era hosca, no la hacía pasar, e incluso en varias oportunidades la mandó al carajo. Le preguntaba “qué se trae usted conmigo'', tenía una mirada desconfiada, prestaba mucha resistencia, y que a regañadiente accedió a que la fuera a ver el único día de la semana que tenía libre: el miércoles de cuatro a seis. 

Entonces para Poniatowska empieza una vida de miércoles a miércoles. Y todo cambia. 

Es una crónica de largo aliento hermosísima. Que habilita a pensar en cómo y por qué es necesario narrar este tipo de historias. El lado b de la guerra, de la historia, de la vida. 

Poniatowska le da otra función a la palabra para remapear otro presente en su país, y hay ahí una gran responsabilidad como cronistas de voces silenciadas, ocultas. Porque la indiferencia, siempre es una opción. 

Una anécdota sobre el soporte en la que Poniatowska nombra a su grabadora prestada “casi como un féretro azul marino con bocinota, como de salón de baile” indica cuál es la mejor manera de tomar testimonio. Si confiar en la escritura, en la memoria, y reescribir lo conversado. Si confiar en el grabador.  Pero lo cierto, es que utilizaba el anotador como forma de escudo para llegar a lo de Jesusa ,cuando ella -cada dos por tres- no quería hablarle.  

Dice: 

Pretendí enchufar mi grabadora y Jesusa protesto: “¿Usted me va a pagar mi luz? No¿verdad? ¿Qué no ve que me está robando la electricidad?” Después cedió: ¿Dónde va a usted a poner su animal? Tendrá que mover este mugrero,” Además la grabadora era prestada: “¿Por qué anda usted con lo ajeno? ¿Qué no le da miedo?’ 

Al miércoles siguiente le pregunté de nuevo lo mismo: 

-Pues ¿qué eso no se lo conté la semana pasada? 

-Sí, pero no grabó. 

-¿No sirve pues el animalote ése? 

-Es que a veces no me doy cuenta si está grabando o no.

 -Pues ya no lo traiga. 

-Es que no escribo rápido y perderíamos mucho tiempo. 

-Ahí está. Mejor ahí le paramos, al fin que no le estamos ganando nada ni usted ni yo. 

Entonces me puse a escribir en un cuaderno y Jesusa se mofaba al ver mi letra: “Tantos años de estudio para salir con esos garabatos.” 

Eso me sirvió porque de regreso a mi casa en la noche, reconstruía lo que me había contado.  Siempre tuve miedo de que el día menos pensado me cortara. No le gustaba que me vieran los vecinos, que yo los saludara. 

También dice Poniatowska, “Jesusa pertenece a los millones de hombres y de mujeres que no viven, sobreviven. El sólo atravesar el día y llegar hasta la noche les cuesta tantísimo trabajo que las horas y la energía que se les van en eso. Qué difícil resulta permanecer a flote, respirar tranquilos aunque sólo sea por un momento, al atardecer, cuando las gallinas ya no chistan tras de su alambrado y el gato se despereza sobre la tierra pisonada. Sin embargo, en ese cuartito casi siempre en penumbra, en medio de los chillidos de los niños de las otras viviendas, los portazos, el vocerío, y el radio a todo volumen, los miércoles en la tarde a la hora que cae el sol, surgió otra vida, la de la Jesusa, la pasada y la que ahora revivía al contarla”. 

Poniatowska no solo está narrando una vida de violencias. Narra una vida de lucha, de una mujer fuerte y aguerrida. Y sin embargo siente una contracción en cómo presentarla. Dice sobre el final del ensayo y es bien explícita en sus intereses como narradora: 

-Finalmente hubiera yo querido situar a Jesusa Palancares dentro de la literatura mexicana, hablar de su papel de soldadera durante la Revolución, de sus antecesoras, decir que es una heroína a la manera de las luchadoras espontáneas, las soldaderas, las mujeres que se pusieron en huelga, las que no “se dejaron” ni en su vida ni en su trabajo, pero lo sentí fuera de lugar, pedante. (...)Llegué a la conclusión de que a mí no me tocaba hacer un análisis histórico del personaje. ¿Para qué? Lo que sí puedo asegurarles es que Jesusa sigue viviendo en mí, en otras, en mi hija, en otras niñas que vienen, en las hijas de la Guayaba.  Si yo la transformara en un Zapata de barrio traicionaría todas esas horas que vivimos juntas. A la Jesusa me parece verla en el cielo, en la tierra y en todos los lugares de México- así, tal como una vez estuvo Dios, El, el masculino.