14:05 h. Martes, 17 de Octubre de 2017

Cuatro Palabras

Ventana tailandesa

Por Laura Federico  |  28 de Diciembre de 2016 (05:05 h.)
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A través del vidrio en movimiento veía como los puestos de comida y chucherías se disponían en las veredas. Había mujeres vendiendo fruta y verdura. Niños comiendo sopa de fideos. El colectivo número once se detuvo, y me dejó en la estación de trenes de Bangkok. Mi destino: el norte tailandés. 

Una vez ubicada adentro del vagón, abrí la ventana. La humedad y el calor me pegaban el vestido al cuerpo. El viento me acariciaba la cara. Yo veía pasar las calles, las casas, mientras pensaba en las catorce horas de viaje que me esperaban.

Después de una noche de mucho movimiento, estaba allí. En Chiang Mai. Una ciudad todavía dormida que dejaba respirar un aire fresco y seco. Descansé en el hostal hasta que se hizo de noche y, luego, salí a caminar. Llegué hasta la puerta de un templo. Entré. Vi decenas de cabezas rapadas rezándole a Dios. Detrás del templo, como un enorme triángulo, se erigía una estructura que presumía en su cima una estatua enorme de Buda. Condenado a mirar eternamente hacia abajo. Elefantes con trompas rotas lo protegían. La iluminación los volvía grotescos, amenazantes. En ese preciso momento, en el cielo negro se abrió una luz. Primero azul, después verde. De alguna forma me encontró afuera. Un meteorito que se dignó a pasar por allí. Miles de hormigas se metieron debajo de mi piel. Los poros abriéndose al aire. Me sentí entre átomos que volaban y me dispersé. Creí en todo. En el universo, en los imposibles. Fui parte. Era parte de algo inmenso. Mucho más grande de lo que podía entender. Y de pronto, fui luz. Y nada más que eso. Comprendí que nada importaba. Y supe que podía morirme en ese momento. Porque era plena. Era calma. Porque finalmente, estaba en paz. Porque, finalmente, era feliz.