15:38 h. Jueves, 14 de Diciembre de 2017

Cuatro Palabras

El país perfecto 

Por Laura Federico  |  30 de Noviembre de 2016 (01:06 h.)
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Lo primero era la cerveza. Todas las semanas había una marca diferente en promoción y yo compraba aquella que estuviera en oferta. Él se encargaba de las papas fritas. Sabor vinagre y barbacoa. Ponía los paquetes en el changuito y se detenía frente a las filas de fiambres que reposaban indiferentes en las heladeras. Yo usaba ese tiempo para ir en búsqueda de un frasco de aceitunas verdes. Placer que me permitía por las horas extras que cada semana trabajaba en la fábrica. 

Cuando vivía en Ashburton, Nueva Zelanda hacía las compras todos los sábados. Había dos supermercados en la ciudad: Coutdown y New World. Por alguna razón íbamos siempre al primero. Allí los quesos se vendían en barras de un kilo y había de cuatro tipos, Mild, Tasty, Edam y Colby. A él le gustaba el Tasty, un queso picante y aceitoso. Yo prefería el Edam, con un sabor más fresco y suave. Una semana me tocaba a mí y la otra, a él. Después íbamos juntos el sector de la panadería. Había tortas, panes saborizados y magdalenas. Comprábamos el pan de molde. El más económico y práctico para preparar sanguches. De queso con tomate, en verano. Queso y palta, en invierno. El final del tour nos dejaba frente a las golosinas. Tomábamos un paquete de gomitas agrias y dos barras de chocolates. Para mí, el de leche y pasas. Para él, el amargo. 

Repetimos este procedimiento todos los sábados, de todas las semanas. Hasta que un día sacamos un pasaje de ida y omitimos el de vuelta. 

Nunca más volví y nunca más volvería. Todo se termina por alguna razón y no es bueno vivir de recuerdos muertos. Menos intentar que la vida vuelva a ser como lo fue antes. Tarea ingrata e imposible de por sí.