11:28 h. Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Game Over

(*) Por Leticia Cappellotto

CAPÍTULO FINAL DE UNA NOVELA VIOLENTA  |  08 de noviembre de 2019 (17:11 h.)
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Entonces empecé el bendito tratamiento. 

Mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mi dealer, mi editora, la productora de mi película (!!!) y mi médico festejaron. Y para ser honestos, un poco yo también. 

Y aunque no sabíamos si iba a funcionar, no importaba, porque el mensaje motivador que íbamos a darles a todos era que la pobre moribunda finalmente había encontrado su luz interior y quería vivir. ¡Oh qué bello es vivir! ¡Oh el optimismo sobre el pesimismo! ¡Oh el entusiasmo sobre el cinismo! ¡Oh qué vale la pena estar vivo, carajo! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! 

Bueno, algo así pero sin tanta parsimonia porque, a decir verdad, nadie sabía si iba a lograr vencer al cáncer extraño que tenía y nadie sabía si iba efectivamente a vivir, pero por lo menos lo intentaría, que ya era algo. 

El mensaje era un poco desilusionante para cualquiera que hubiera comenzado a leer la novela pensando que se trataba de un manifiesto punk anti sistema y terminaba con la protagonista dark abrazando al mundo como una de esas señoras que hacen coaching empresarial. Pues bien, podría ser peor. Podría haberme muerto antes de terminar la novela, podría haberme matado tratando de asesinar a Javier, podría haberme suicidado de la desesperación que da la muerte inminente o podría simplemente haberme convertido en un número más de las estadísticas de ese año y morir en manos de un golpeador que decía que me amaba.

Pero no, lo que sucedió fue mucho menos telenovelesco y mucho más ajustado a los contratos editoriales: mi editora necesitaba que hubiera una autora para llevar de gira en la presentación del libro, la guionista de la película que finalmente iba a hacerse con financiación estatal porque representaba un “Interés social” me pidió ayuda para convertir el libro en guion y mi dealer se convirtió en mi novio y me pidió por favor que no lo dejara viviendo solo en el campo después de los polvazos memorables que tuvimos. En resumen: todo bien, todo legal. Ahora finalmente tengo un motivo para vivir, que es escribir, un par de ideas de novelas para el futuro y muchas ganas de reírme de la sociedad de mierda en la que estamos y hacer lo imposible para cambiarla escribiendo, más que de abandonarla. Descubrí en el trayecto que mucho de lo que se conoce como violencia de género está asociado a patologías más complejas aún como la adicción al sufrimiento, la codependencia o la depresión y que todos esos problemas no son individuales sino sociales. El mandato hegemónico del patriarcado de que solo somos mujeres cuando tenemos un hombre al lado nos lleva a relaciones tóxicas que preferimos antes de la soledad porque, una mujer sola o bien es “incogible” o bien está “desesperada” o bien es una “solterona”. Y así es como los “peor es nada” o “novios potus” se convierten antes de lo que esperamos en personajes siniestros que nos agarran de esa soledad para terminar agarrándonos de las mechas y finalmente matarnos. A Rita Segato (no) le gusta esto. 

Con todo eso en la cabeza tenía un poco de miedo de que mi relación con Diego se convirtiera algún día en ese calvario, ya que él me había dicho que me amaba y yo, alerta, recordaba que en el momento en el que un hombre te dice que te ama se convierte en tu potencial asesino. 

Pero también hice un voto de confianza y logré sacarme de encima mis miedos, por una vez. Más que nada porque, cínica como siempre, dudaba que el tratamiento fuera efectivo y por ende, que nuestra relación durara mucho. Así que, confesémoslo aquí y ahora, me dejé llevar tras su “Te amo”. 

Cuando lo dijo una tarde, mientras contemplábamos su plantación de marihuana y tomábamos vino a la sombra de un árbol en su casa en la mitad del campo, sonreí y miré esos ojos, los ojos más lindos del mundo, brillando. Game Over, pensé, estoy enamorada, aguante vivir. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.