20:23 h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

Game over- Una novela violenta 

24.-

CAPÍTULOS FINALES  (*) Por Leticia Cappellotto  |  20 de octubre de 2019 (14:47 h.)
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Entre las personas que sabían que estaba escribiendo esta novela al ritmo que me iba muriendo, muchas no se habían enterado por mí. Florencia era la novia de un compañero del secundario a quien no veía desde hacía años pero que conoció mi fatal destino por un grupo de chat que compartía con algunas de mis amigas. Anónima, me escribió un mail preguntándome si podía mostrarle los primeros capítulos del manuscrito porque Ramiro, mi compañero, le había contado mi triste historia y estaba interesada en leer el material. 

Para convencerme me contó que trabajaba en una editorial independiente que solía editar autores nóveles y que tenía un gusto especial por las plumas femeninas, así que cuando Ramiro le contó el experimento de la novela de la moribunda no pudo evitar escribirme, confesó. Luego de que le enviara los primeros capítulos me contestó súper entusiasmada y me citó para que nos viéramos en un cafecito hipster de San Telmo, donde tenía la editorial. La reunión fue tan estimulante como terrorífica: Florencia me pidió, como hizo todo el mundo, que no me muera, que aunque sea haga el tratamiento, que la novela podía servir para que mucha gente dejara de estar en situaciones de violencia y que para eso la autora tenía que estar viva, presentarla en congresos, ferias, escuelas, asociaciones de defensa a la mujer y donde sea que hubiera que alzar la voz contra la pandemia de asesinatos machistas que azotaba al país. 

Mi libro, me explicó, sería un canto a la resistencia feminista en medio de tanta muerte y, si yo no estaba viva para presentarlo, la potencia de la ficción perdería muchísimo en el camino. Además, me dijo, tenía amigos en el mundo del cine y una productora estaba muy entusiasmada para hacer la película. Finalmente, Florencia esgrimió el único argumento que valió la pena dentro del marasmo de razones que habían intentado mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo: si hacés el tratamiento publicamos la novela y hacemos la película, si no, no. 

La idea de perderme no solamente ese road trip de presentaciones en todo el país que me prometió sino también a mi propia protagonista en la pantalla grande fue demasiado. Había contemplado en un principio la posibilidad de que al libro le fuera tan mal que al morirme me ahorraría experimentar ese calvario, pero no había evaluado la variable de que al libro le fuera lo suficientemente bien como para perderme todo ese amor que viene de los lectores o espectadores cuando hacés algo que gusta. Y aún sin haberla terminado, la novela ya gustaba. Pero además, la historia se había convertido en un manifiesto feminista sin que me diera cuenta. Lo que empezó siendo una especie de diario íntimo de una chica que en sus 30 exprime al máximo la vida porque se le acaba, con la propuesta de mi prima y LaMisión, había pasado a convertirse en algo muchísimo más potente. Y yo lo único que había hecho era seguir convencida de que la muerte era mejor que la vida porque no encontraba nada que me entusiasmara lo suficiente. Matar a Javier me estimulaba un poco, es verdad, pero solo porque quería ayudar a mi prima. Pero con el libro publicado podría ayudar a todas esas primas que había por ahí lidiando con relaciones de abuso, psicopatía y violencia. Eso sí era un motivo superior a mi propio cinismo y egolatría. Eso sí era una vida, eso sí era vivir. 

Me tomé una semana para pensarlo y me di cuenta que había empezado una novela sobre la adicción al sufrimiento y terminaba una novela sobre violencia machista, uno de los peores problemas que tiene nuestra sociedad. En el camino, mis días cada vez eran menos y mi mayor miedo era no poder terminarla. En un pase de magia literario, todo tuvo sentido y finalmente el Cosmos se ordenó: si el único motivo para vivir es escribir, quiero vivir 150 años. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.