23:36 h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

Game Over- Una novela violenta 

 

Capítulo 23.-

CAPÍTULOS FINALES  (*) De Leticia Cappellotto  |  13 de octubre de 2019 (12:46 h.)
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Nunca terminé de entender si mi dealer era sexy por ser dealer o por ser él. Diego era una bomba de relojería: todo tatuado, con un rodete en la cabeza que escondía su pelo largo de hippie romántico que vivía en pleno campo para cuidar sus plantas de marihuana, siempre vestido de negro con remeras de heavy metal y borcegos, siempre oliendo a pobre con esos perfumes rancios, un arito, dos aritos, los ojos más lindos del mundo y una tristeza por detrás de ese humor de niño rebelde que no puede no volverte loca con solo mirarlo. Lo conocía desde hacía años y siempre que lo veía sucedía lo mismo: nos tomábamos una cerveza cuando venía a casa a dejarme el pedido mensual de flores que necesitaba para sobrevivir, nos reíamos de algún chiste que le hacía, nos contemplábamos un rato, nos quedábamos en silencio y cada uno dejaba de mirar al otro con un gesto casi púdico, tímido, virginal. Esas historias que podrían ser pero no. Esos unicornios que guardamos en el corazón para creer que todavía tenemos corazón, en fin, ese sí pero no que todos escondemos en el placard, ese era mi dealer. 

Cuando lo cité para decirle que necesitaba lo mismo de siempre pero algo más dudo que haya pensado que lo que necesitaba era un sicario, pero como asumió que los clientes siempre empiezan con marihuana y terminan en cualquier cosa, vino cargado de toda una variedad de golosinas yonkis para ofrecerme. Pobre santo, menuda sorpresa se llevó cuando le pedí que me orientara sobre el mundo del asesinato a sueldo porque asumí que tenía contactos en ese universo solo por estar ligado a las drogas. No tenía la más pálida idea de cómo matar a nadie, me dijo, pero igual me escuchó. 

-Necesito contratar a alguien para que mate a alguien que está por matar a alguien– le dije convencida, mientras prendía el primer porro de los muchos que fumaríamos esa noche.

-Ja ¿Quién no? -contestó risueño- todos tenemos a alguien que queremos matar que está por matar a alguien por su lado.

-Pero esto es en serio -retruqué- te necesito.

Lo que pasó después fue un torbellino de sensaciones que, mezcladas por la desesperación de la frustrada Misión y el count down de mi propia existencia, fue lo más cerca de la felicidad que había estado en los últimos meses. Diego me contó todas sus fallidas experiencias amorosas, fumamos, bebimos, reímos, lloramos de risa y volvimos a reír hasta que no nos quedó otra opción que besarnos, como habíamos deseado todas esas veces que nos quedamos mirándonos en silencio, abrazarnos, desnudarnos y finalmente terminar entre las sábanas. 

Cuando me desperté y lo vi desnudo a mi lado, fui consciente de que la muerte da muchas ganas de tener sexo y te hace coger con una intensidad impensada. Pero me pregunté también si el sexo con él había sido tan bueno porque lo amaba o si simplemente teníamos química. Sin embargo, mientras preparaba café me di cuenta de que el sexo tampoco significaba mucho para mí en ese momento, que en todo caso podía ser un entretenimiento más, como todas esas experiencias que había puntuado al principio, cuando todavía no tenía LaMisión, pero no era un motivo suficiente para querer vivir. 

-Matarlo no, pero lo que podemos hacer es conseguirle a ella trabajo lejos para que se escape, mis primos tienen un restaurante en Barcelona y siempre necesitan gente– me dijo Diego somnoliento todavía en la cama, cuando lo desperté. 

Y así fue que entendí cabalmente la frase esa de que del laberinto se sale por arriba. Con aviones. “Mejor que tomar las armas es tomar aviones” pensé mientras lo besaba y sonreí. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.