05:58 h. Sábado, 21 de septiembre de 2019

Game Over - Una novela violenta

XVIII- 
​ (*)Por Leticia Cappellotto  |  08 de septiembre de 2019 (14:08 h.)
Más acciones:

El primer método para asesinar a alguien que figuraba en mi lista tenía que ver con un agente externo que hiciera lo que yo no podía hacer: un auto, un tren, un colectivo. Algo por fuera de mi fuerza física que aniquilara a Javier y dejara a mi prima libre de su tortuosa relación de sexo, violencia y amor tóxico, a mí libre de la pesada carga que me había encomendado y al mundo libre de un golpeador. Como no manejaba y no podía atropellarlo con un auto, la forma de hacerlo dependía sobre todo de la sorpresa, de que nadie se imaginara que alguien lo iba a empujar en la vía pública a título de nada, mucho menos una mujer de mi contextura, que encima no quería robarle. Había pensado la opción del robo pero, dado que me ganaba en dos cabezas de altura y unos 20 kilos de peso, sumado a esa musculatura trabajada en el gimnasio y mi absoluta ignorancia de las técnicas delincuenciales, no me quedaba más opción que empujarlo e irme corriendo. Poniéndolo en su justa medida, los accidentes de tránsito en Argentina eran una de las principales causas de muerte entre hombres de su edad, así que si nadie me veía, hasta podía, honestamente, parecer un accidente.

Lo que había que hacer primero eran tareas de inteligencia. Saber dónde y cómo iba a su oficina, a su casa, a su gimnasio. Seguirlo sigilosamente sin que me viera y anotar sus rutinas me llevó dos semanas de anodina faena. El tipo era más aburrido que chupar un clavo: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, el gimnasio tres veces por semana. Todas las actividades se desarrollaban en un radio de 30 cuadras desde el departamento que compartía con Natalia y los chicos. No había nada por fuera de esa agenda que me permitiera sorprenderlo, ningún punto ciego, ninguna alternancia entre el deber ser y el ser. El pobre Javier lo único que tenía de excepcional era que le pegaba a su mujer, aunque considerando las estadísticas tampoco era muy especial en eso. Nota mental: es muy difícil matar a alguien que te da pena. 

Me armé de valor y determiné que el día D sería el sábado, el único momento de la semana en el que Javier cambiaba su ruta e iba a correr a un parque cerca de la casa. Para poder desplazarse hasta allí cruzaba dos avenidas colmadas de colectivos. Solo-tengo-que-empujarlo, me repetía como una autómata los días previos al día D. Solo era eso: tenía que armarme de valor y empujarlo debajo de uno de los cientos de colectivos que pasaban a toda velocidad por la avenida y ya está, listo el pollo, the end.

La noche anterior apenas pude dormitar. Estaba en un limbo homicida que nunca me había imaginado experimentar. Y si bien mi propia muerte me daba la fuerza suficiente para llevarme a alguien conmigo, las ánimas más oscuras de la parca vinieron a visitarme esa noche para recordarme que no era yo quien decidía quién moría y quién no, sino ellas. Tuve ataques de tos convulsa, transpiración fría, jaquecas y nauseas. Soñé en duermevela con todos mis muertos, aluciné que ascendía a un cielo lleno de máquinas para agarrar ositos y no podía nunca agarrar ninguno y otros escenarios entre estrafalarios y siniestros. Fue escalofriante pero lo logré, y para las ocho de la mañana del sábado ahí estaba yo, insomne, parapetada atrás del árbol de la casa de Javier y Natalia. Lo seguí las cuadras que había desde su casa hasta la avenida, esperé a que se parara en el cruce peatonal, respiré hondo, repetí Solo-tengo-que-empujarlo-solo-tengo-que-empujarlo-solo-tengo-que-empujarlo y lo empujé. Se movió apenas un centímetro, se dio vuelta asombrado y dijo: 

-Nena, ¿cómo estás? ¿qué hacés por acá?

 

(*) Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.