05:55 h. Sábado, 21 de septiembre de 2019

Game Over - Una novela violenta 

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS​ (*)Por Leticia Cappellotto  |  01 de septiembre de 2019 (14:01 h.)
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XVII- 

Renuncié al trabajo a la semana de enterarme de mi muerte. Fue rápido y limpio, no di ni la mas mínima explicación. Simplemente dije que necesitaba tiempo para otros proyectos. La editorial donde trabajaba desde hacía tres años era una pequeña familia, pero los jefes sabían respetar la privacidad de sus empleados. No así mis colegas que, curiosos, quisieron saber en qué consistían mis nuevos rumbos y me hicieron una mini fiesta de despedida en el bar de siempre. 

El mundo editorial es por demás simpático. Somos todos unos freaks de las normas de la RAE que podemos discutir semanas sobre si el mejor programa para maquetar libros es de software pago o de software libre y hasta podemos llegar a extremos inimaginables de peleas violentas por el diseño de una portada. Nosotros editábamos libros de arte y arquitectura, así que además teníamos los típicos problemas de egos de nuestros clientes. Con todo, mi trabajo era un lugar de contención bastante acogedor pero que no me representaba en un cien por cien. Había un ruidito de trabajar de lo que había estudiado que me generaba contradicciones. Latía en mí la fantasía de poder trabajar de algo que no involucrara mi intelecto, de manera que no hubiera ninguna necesidad de ser buena en lo que hacía. Me veía siendo una camarera mucho más feliz que la editora y correctora que era. Algo me olía a engaña pichanga en ese esquema del capitalismo post industrial de “Trabaja de lo que amás y no trabajarás nunca”. ¿Por qué tenía que amar mi trabajo? ¿Acaso generaciones enteras de seres humanos no odiaron su trabajo? Un amigo me había dicho una vez una verdad abrumadora: cuando te empiezan a pagar te deja de gustar. Menuda paradoja. Un poco era cierto. Cuando me liberé de la oficina, me di cuenta que “Vivir de lo que amás" era una trampa más del capitalismo para vender tu alma por dinero. El trabajo es siempre trabajo y el dinero es siempre dinero. ¿Y tu alma? ¿Dónde está? ¿En qué momento comenzamos a mezclar amor y dinero? Mi trabajo me da dinero, el amor no tiene por qué dármelo. Por favor no quiero que nada vinculado al dinero toque mi corazón. ¿Cuánto vale mi corazón? ¿Cuánto vale que lo que estoy haciendo me guste? Se suponía que uno elegía una carrera que le gustaba y un trabajo que le gustaba para “no sufrir” por trabajar. ¿No era más fácil tener un trabajo que no involucrara sentimientos y que tus sentimientos estuvieran completamente alejados de tu bolsillo?

Mis colegas se tomaron la noticia como era de esperarse: mal. Muchos de ellos habían compartido conmigo varios años en la trinchera del precarizado mundo de los freelancers y sabían que el mundo era una tómbola completamente ajena a cualquier previsión posible, pero no por eso dejaron de conmiserarse con mi estado de irremediable defunción. De entre ellos me llamó especialmente la atención la reacción de uno de los diseñadores, que me dibujó en una servilleta una lápida con flores y un epitafio que tenía un número de teléfono. Miré el dibujo en silencio tratando de dilucidar si eso era algún tipo de indirecta. Cualquier cosa llamame, dijo, y se fue del bar. ¿Cualquier cosa cómo qué? Lo que faltaba era que morirme me diera éxito con los hombres. Claro, pensé, saben que no hay compromiso posible posterior a unos polvos memorables con la intensidad de la espada de Damocles bajo tu espalda. Era insólito pero cierto: morirme me hacía sexy. 

(*) Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.