21:34 h. Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Game over - Una novela Violenta

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS 

(*)Por Leticia Cappellotto

cuatropalabras.com.ar  |  28 de julio de 2019 (14:08 h.)
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XII.-

Entonces no solamente tenía una novela, también tenía una misión: mi prima me había pedido que mate a su marido. Chan. Así nomás, en un café de menos de una hora, había pasado por alto que me quedaban seis meses de vida, o peor, se había aprovechado de la situación con un pragmatismo total, y me había convertido en la sicaria más inesperada de la historia de las sicarias, que por la poca información que poseía sobre cómo matar a alguien deberían haber tenido un sindicato que pudiera acercarnos a las novatas como yo a las primeras mieles del oficio. 

Aunque parezca absurdo, lo que más me impresionó de la reunión con mi prima no fue su pedido, sino que me dijo también que amaba a su marido, que tenían un sexo increíble y por eso quería matarlo. Lo del amor me pareció retorcido pero esperable, a fin de cuentas yo también amaba a alguien que me estaba haciendo daño desde el primer día que nos conocimos. Incluso que me pidiera que lo mate tenía sentido: lo amaba pero se lastimaban mutuamente, entonces mejor eliminar un término de la ecuación. Twited but OK. Lo realmente (realmente) sorprendente fue que me dijera que en ese contexto tenían “el mejor sexo del mundo” (SIC). Aún cuando hubiera violencia, psicopateo y manipulación, lograban coger de puta madre. Aunque ahora que vuelvo a revivir la escena en mi cabeza quizás lo más perturbador de toda la situación fue que casi sin darse cuenta dejó caer que tenían el mejor sexo del mundo PORQUE se maltrataban. Wot.

Oh, las parejas, esos agregados sociales misteriosos. ¿Cómo carajo funcionan realmente las parejas? ¿Cómo podríamos generalizar algo tan poco verosímil como que dos personas se enamoren al mismo tiempo la una de la otra y encima persistan en ese amor al punto de vivir en el mismo techo, engendrar hijos y criarlos, ir juntos al pediatra, compartir gastos, secretos, manías y AÚN ASÍ seguir teniendo sexo? Mi única pareja estable había durado apenas un año y ni siquiera nos habíamos planteado la opción de convivir porque los dos acordábamos que vivir juntos no tenía por que ser una demostración de nuestro amor, sino todo lo contrario. En países del tercer mundo vivir con alguien era más una solución financiera que una demostración de afecto. Y hasta algunas personas decían que vivían con sus parejas para tener garantizado verlas todos los días y así no tener que dedicar tiempo de su agenda a ellas. Menudo cariño. Y aunque había de todo para todos los gustos todavía en 2019 existían esos seres mitológicos que seguían creyendo en el matrimonio y además de convivir se planteaban una obligación legal con respecto a la otra persona. Por favor, ¿Por qué voy a querer que el Estado obligue a alguien a estar a mi lado? ¿Por qué necesitaría que el Estado lo haga? Si necesito que haya una la ley que te obligue a quererme ¿me querés más o menos? 

Así las cosas, casamiento, hijos, casa y perro se me representaban como una conjunción abrumadoramente ajena. Pero ahí estaba yo, operando de justiciera en la mitad de un matrimonio tradicional, hecho y derecho, es decir, completamente dado vuelta. Tenía que respetar el amor de mi prima y su marido y tenía que velar por la sanidad de todos. Tenía que matar a un hombre porque como me iba a morir no iba a ir a la cárcel. Hubiera sido el crimen perfecto, de no ser yo quien tuviera que ejecutarlo. Shit happens. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.