14:21 h. Jueves, 05 de diciembre de 2019

Game Over / Una novela Violenta 

(*) Por Leticia Cappellotto

XI

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS  |  20 de julio de 2019 (14:54 h.)
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Mi prima Natalia me había llamado luego de seis años sin hablarnos para “contarme algunas cosas” sobre su vida. Era extraño, para mí, que la gente que me llamara no se detuviera en mi inminente muerte y me quisiera actualizar sobre su no inminente muerte. Me sorprendió un poco ese exceso de protagonismo por parte de Natalia pero se lo atribuí a una actitud narcisista y ya. Una vez que me junté con ella y me contó sus “algunas cosas” no solo mi vida cambió para siempre sino también lo hizo mi muerte. Fue Natalia, mi prima alter ego antagonista en un todo su esplendor -casada, con hijos, viva- la que me mostró la cara más caleidoscópica de la muerte, la que me explicó que por cada muerte hay un sinnúmero de muertes distintas, porque la persona que muere no muere igual para todos. Fue ella y nadie más la que me mostró que me quedaba demasiado por lo que vivir como para morirme. 

-Lamento mucho lo tuyo -dijo cuando nos sirvieron los capuchinos en el café que eligió para citarme.

-Sí, bueno, es lo que hay –respondí con mi intransigente sonrisa de nihilista acostumbrada- espero que no quieras convencerme de otra cosa vos también.

-No, todo lo contrario, tengo que pedirte algo muy importante –dijo Natalia.

-¿A mí? ¿Estás segura? No creo que pueda ayudar a nadie en este estado, a duras penas tengo fuerzas para escribir.

-De esto no podés escribir ni una palabra -me exigió.

-¿Qué pasa? Nati, me asustás. 

-Necesito que ya que te vas a morir mates a mi marido.

Las palabras empezaron a flotar a mi alrededor. Ante todo me encantó la conjunción “Ya que te vas a morir”. Por primera vez alguien entendía mi sensación frente a la inminencia del fin y la muerte aparecía como una oportunidad ganada y no perdida. La muerte era libertad, desasosiego, tranquilidad. Finalmente para alguien mi muerte era un plan tan genial como para mí. El detalle era que para Natalia que yo me muriera era algo bueno porque podía aprovecharse de ese evento y ¡¡¡Enviarme a matar a su marido!!! 

Me tomó unos minutos digerir lo que me estaba diciendo. Terminé el café en silencio mientras contemplaba su cara. No había nerviosismo ni temor. Natalia me pedía que asesinara al hombre con el que había construido una familia y lo había pensado mucho. Sabía lo que me estaba pidiendo. Había calculado que para alguien sin futuro como yo la cárcel no sería un problema y había contemplado que era muy complicado relacionarme a mí con el asesinato porque no tenía el más mínimo motivo para matar a su marido. Todo bajo control. Por supuesto también tenía claro que si llegaba a descubrirse su rol sus hijos quedarían desamparados y la presa sería ella. Su cara se mantenía expectante pero mostraba la calma de los controladores, los que planean todo hasta el último detalle.

Exigí explicaciones. Las obtuve. Todo había empezado cuando eran novios y él le pegaba piñas a la pared cuando discutían. Con el tiempo la cosa fue empeorando y empezaron a aparecer las muñecas moradas, los ojos hinchados, un moretón acá, un raspón allá. Cuando había estado embarazada no la había tocado, pero cuando nacieron los chicos ya volvieron las discusiones, los gritos y empujones, las cosas prendidas fuego y más corrector de ojeras. Cuando los nenes crecieron Javier empezó a descargarse también con ellos. 

-Yo también le pego y por eso no puedo separarme -dijo Natalia.

-¿Por qué no? -esbocé estupefacta tras su relato. 

-Porque estoy enferma pero lo amo y como lo amo lo quiero muerto -remató.

Enmudecí. Ella siguió:

-Según el psicólogo somos codependientes, es una enfermedad vincular en la que dos personas sienten una obsesión enfermiza por la otra pero una es completamente sumisa y la otra la manipula. Pero no es algo moral, es médico.

El ping pong que siguió fue todavía más espeluznante. 

¿Probaron con ir a terapia? / Sí

¿Probaron con medicación? / Sí

¿Probaron con grupos de autoayuda? / Sí

Natalia llamó a la camarera con un gesto mientras yo intentaba acomodarme la mandíbula desde el piso, las ideas sobre el amor y la familia y le pagó. Se levantó de su asiento y me lo puso muy sintético: 

-Amo a mi marido y a nuestros hijos pero o me mata él o lo mato yo. ¿Me vas a ayudar? 

Fue una decisión apresurada, quizás, pero dije que sí. Por fin tenía una novela: una relación tormentosa, un crimen, una investigación, una culpable muerta. Ni Agatha Christie se había animado a tanto. Mi plan era más y más genial día a día. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.