13:56 h. Domingo, 18 de agosto de 2019

Game over (Una novela violenta)

FICCIÓN / TODOS LOS VIERNES EN 4P

(*) Por Leticia Cappellotto 

Capítulo V

cuatropalabras.com.ar  |  07 de junio de 2019 (19:35 h.)
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Lo que hice fue aún más kamikaze que morirme: junté a mi madre y a mi padre en una cena para contárselos. No podía soportar el hecho de verlos juntos, pero tampoco podía soportar dos conversaciones así por separado. Hacía 5 años que no se veían y no sabía cómo podía terminar eso, pero era el mal menor. Mi madre probablemente exageraría todo, pondría el grito en el cielo, dejaría hasta los floreros sin agua de lo que bebería. Mi padre se concentraría en enojarse con ella y me dejaría a mí y a mi decisión en paz. Era una apuesta arriesgada pero la única posible. Iba a morirme y estaba más preocupada porque ellos no se mataran que por mí.

Los cité en un restaurante barato de mi barrio, por separado. Ninguno de los dos sabía que el otro estaría ahí. Llegó primero mi madre, pidió vino, una entrada. Habló de ella todo el tiempo. Pasaron más de 20 minutos en los que solo escuchaba su voz y sus penares hasta que apareció mi padre. En su discurso, no en la vida real. El tema con la gente que se odia es que se ama, se sabe. Mi mamá no podía mantener una conversación más de 30 minutos conmigo y quizás con nadie sin mencionar a mi papá, su primer marido, su único marido, el único padre de su única hija, a quien odiaba con un ahínco con el que no he amado a nadie jamás. Tras su mención, apareció él en la vida real, casi como si lo hubiera invocado. Mi madre tardó otros 15 minutos en hablar sobre cómo había estado ella hablando de él antes. Cuando mi padre logró interrumpirla, empezó a hablar él sin parar, sobre él. Otros 20 minutos perdidos hablando sobre ellos. Y yo ahí, muriéndome. 

Pasó una hora más en las que a ninguno de los dos les pareció extraño que los hubiera citado juntos a cenar cuando hacía años que no se veían. Estaban pasándola fenómeno: tirándose indirectas, haciéndose chistes, recriminándose cosas de 1990, en fin, lo que suelen hacer antes de agarrarse a las puteadas, revolearse cosas por la cabeza, insultarse al punto de lo imprescriptible y arruinarme la vida. Siempre supe que todo eso representaba una arista más de la complicidad que genera el amor, el odio, el sexo, tres abortos, un hijo, un casamiento, un divorcio. Ojalá alguna vez hubiera amado a alguien como se odian mis padres. Ojalá. 

-Me quedan 6 meses -dije interrumpiéndolos- tengo cáncer terminal y no voy a hacer el tratamiento. 

Por fin hicieron silencio. Por fin dejaron de hablar sobre ellos entre ellos. Por fin me miraron. Había que decir algo así de sustancial para interrumpir su oxidada comedia de enredos, se olvidaran el uno del otro o cada uno de sí mismo. Esos eran mis padres, unos narcisistas sin remedio. Los que me hacían dudar de eso de que cuando tenés un hijo dejás de ser el centro de tu mundo. Mientras esperaba que reaccionaran, repetía mi muletilla: se mueren niños, se mueren mujeres, se mueren adultos de enfermedades curables. Morir es lo más normal del mundo y yo lo voy a hacer este año, fin. 

Las reacciones fueron en cadena natural y lógica: incredulidad, espanto, llanto, desolación, enojo, intento de convencerme, etc., etc. Hasta que él pareció entenderlo y frenaron las discusiones. Ambos llorando, se abrazaron, él le dijo que la llevaría a la casa y mitad atontados, mitad indignados pero totalmente borrachos, se fueron juntos. ¿Mis padres habían decidido recrear la noche que se habían enterado de que su hija se moriría el mismo acto que le dio vida? Vaya paradoja. Jamás lo sabré. Lo que sí supe fue que no pagaron la cuenta.

Asumí que ninguno de los dos creyó que estaba hablando en serio. Ambos conjeturaron que podrían hacerme entrar en razones más adelante y me dejaron sola con mi certezas, cargados de una incertidumbre que les resultaba pasmosa y casi se les notaba en la cara: ¿Son padres personas cuyos hijos han muerto? Por su lado, mi papá tenía dos niños más para cuidar. Mi madre, sin embargo, quedaría absolutamente sola en el mundo: huérfana, sin hermanos, sin marido y sin hijos. Siempre se las arreglaba para ser la víctima de todas las situaciones, lo normal. 

Ya que iba a pagar una cena para tres pedí un whisky, brindé por ellos, por mí y por lo que ya no sería: ni madre, ni hija, ni nada. Solo un número en las estadísticas de muertos de ese año. Solo una hoja más en el viento. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.