00:07 h. Domingo, 16 de Junio de 2019

Game Over (Una novela violenta)

Capítulo IV

FICCIÓN  (*)Por Leticia Cappellotto  |  02 de Junio de 2019 (10:42 h.)
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Frente a la inminencia de la muerte, mucha gente se trastorna. Mejor dicho, toda la gente se trastorna, en un sentido literal, porque la muerte es la cosa menos natural del mundo. Si bien todos sabemos que vamos a morir, no pensamos en eso todo el tiempo, y aunque hemos visto morir a gente a nuestro alrededor, no pensamos que la gente que está actualmente a nuestro alrededor va a morir. En general eso es bueno, pero podría ser leído como una desnaturalización quizás demasiado peligrosa de la realidad. La vida, como la muerte, es algo natural, pero la muerte irrumpe con un nivel de violencia tal en la cotidianidad de la gente que logra trastornarla como si nunca hubiera siquiera sabido que fuera posible morir. 

En el mundo se moría mucha gente todo el tiempo: recién nacidos, niños, adolescentes, adultos, ancianos. Se moría gente por accidentes de tránsito completamente evitables, por enfermedades que habían encontrado su cura hacía años, por asesinatos, suicidios, mala praxis, atentados, comida en mal estado, plagas. Una vez había escuchado a un juez discutiendo sobre “la sensación de inseguridad” de los países del tercer mundo. Decía: “Ud. preocúpese primero porque no lo mate un familiar, después porque no lo atropelle un auto, después por no sufrir un ataque al corazón y finalmente preocúpese por si lo matan en un asalto”. Esto le servía para ejemplificar que en realidad el llamado peligro por la inseguridad que solía cubrir kilómetros de diarios y miles de horas de televisión no era real, ya que, según las estadísticas, era más probable que te matara un ser querido que un desconocido. Y la realidad era que los números de mujeres muertas a manos de sus parejas aumentaban sin parar. El año en que iba a morirme se les había dado a los hombres por incendiar a sus novias. Un baterista de una famosa banda de rock lo había hecho con su exmujer, eso de incendiarla viva. La chica había muerto tras varios días de agonía. Era un método efectivo para no quedar del todo involucrado, decían los diarios, porque el atacante podía decir que había sido un accidente. Un accidente. Que parezca un accidente de autocombustión espontánea. Ok. 

Así las cosas, según datos oficiales, el año anterior al año de mi muerte, casi 400 niños argentinos habían quedado huérfanos de madre y padre porque ellos habían decidido matarse entre sí. Era una doble tragedia, aseguraban los especialistas, porque el niño debería cargar con la ausencia de un progenitor, por un lado, y la sentencia firme de la justicia sobre el otro. Lindo panorama. 

Por mi lado, solo tenía cáncer terminal, nada grave. Mis padres me querían mucho y aunque no se querían entre sí nunca habían llegado a matarse. Cuenta la leyenda que mi mamá había ido a la comisaría a denunciarlo, pero nunca nadie lo confirmó. Se habían separado cuando yo tenía cinco años. Eso era bueno y malo a la vez. Era bueno porque no tenía recuerdos felices de una familia que luego iría a desaparecer, pero era malo porque no tenía muchos recuerdos felices en general, ya que después de desaparecer, lo que quedó de mi familia se pareció a un entrenamiento militar en manos de mi gélida madre. Con todo, mis padres y yo habíamos sobrevivido, los tres, a ese fracasado intento de familia que tuvimos. Algunos con ansiolíticos, otros con alcohol, todos con muchos años de terapia. 

Durante los primeros días que tuve cáncer y nadie lo supo salvo mi médico y yo, dudé en decírselo a mi familia. Formaba parte de la terrible paja que me daba morirme. ¿Es necesario? Me preguntaba. Y no, no lo era, en rigor de verdad toda mi familia podría haber vivido muy bien todos esos 180 días sin que les hubiera dicho nada. Pero no pude, nunca me salió mentir. Además quería dejar de trabajar para poder escribir este libro. Quería que me mantuvieran otra vez como a una niña, pero a la vez volver a sentirme una niña fue escalofriante. ¿Eso sucedería si le decía a mis padres que iba a morirme? ¿Me tratarían como una niña? Tenía un vago registro de que la última vez que mis padres me habían tratado como a una niña yo era una niña, después dejaron de hacerlo y yo seguía siendo una niña. Después simplemente se olvidaron un poco del tema. En resumen: debía decirle a mis padres que iba a morirme. A mis padres, a mis hermanos, a mis amigos. Qué paja. 

(*) Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.