00:40 h. Domingo, 16 de Junio de 2019

Game Over - Una novela violenta 

FICCIÓN / TODOS LOS VIERNES EN 4P (*) Por Leticia Cappellotto  |  24 de Mayo de 2019 (19:27 h.)
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Mi papá consumió demasiada cocaína durante demasiados años. Es artista plástico, por eso. En algún momento dejó de consumir, pero no tenemos precisiones. Nadie nunca me lo dijo, aparte, tuve que descubrirlo sola porque sus chistes al respecto eran por demás de elocuentes. Él siempre hacía muchos chistes, hablaba todo el tiempo como en modo spinetteano, una mezcla entre el lunfardo tanguero y metáforas tipo cadáver exquisito. Se expresaba como con máximas, mi papá, no era alguien con quien pudieras tener una conversación muy sensata, la verdad. Siempre tuvo una velocidad mental admirable, que, increíblemente, la cocaína no había menguado. Quizás debería agradecer que mi padre se hubiera drogado tanto tiempo porque quizás eso redujo un poco su asombrosa capacidad de cazar al vuelo lo que uno estaba diciendo, darle 350 vueltas y devolvértelo masticado, digerido, vomitado e inentendible. Ejemplos: cuando estaba a punto de recibirme y no sabía qué hacer con mi vida me dijo “Hija, tranquilizate, vos ahora sos la que mandará las Cartas Documento, no te van a llegar”. What. Otra vez fue aún más lejos: le dije que me había separado pero que le estaba poniendo muchas fichas a mi carrera, para compensar y me dijo “Pijas ahora no, ya vendrán las épocas de pijas”. Alright. 

En algunos casos se disfrazaba de gurú espiritual. Frente a mis disquisiciones adolescentes me decía cosas que pretendían guiarme de manera surrealista: “Hay que tener todas las bombachas en el mismo lugar”, o “Los zapatos negros con los negros y los marrones con los marrones”. Ok.

Aún así logré llevarme bien con él, teníamos discusiones sobre arte, música, política y era imposible aburrirse. Y aunque no puedo decir que me haya enseñado mucho sobre nada, me dijo cosas tan bizarras que me llevaron años entender pero que hicieron de mí la persona que soy. Entre sus slogans publicitarios y sus máximas de un tipo cualquiera, el hombre iba forjando mi carácter. Sin dudas no era lo que se dice una persona con un alto nivel moral, pero mucho no me importaba. Era mi padre y lo quería. 

Saliendo un poco del discurso sobrepsicoanalizado, mi viejo era solo un tipo cariñoso con problemas de falopero que pintaba cuadros. Mi teoría era que pintaba caras de mujer todas similares a mi madre, pero eso sería volver a entrar en el discurso sobrepsicoanalizado, así que mejor no. 

Probablemente mi padre también estuviera metido en negocios turbios que desconocía. Más allá de la cocaína, tenía otros vicios. Era muy cabulero, le gustaba ir al casino y las comidas pesadas de bodegones impresentables. 

Otro de sus pecados era una acosada misoginia. En eso yo venía a representarle una especie de contradicción ininteligible entre su postura de superioridad intelectual con las mujeres y su actitud progresista conmigo. Se le cruzaban muchos cables cuando veía que yo era medianamente independiente, pero en el fondo era obvio que estaba orgulloso de mí, aunque no nunca terminaba de entender si que un tipo como él estuviera orgulloso de mí me enorgullecía a mí. 

Con el tiempo luego del divorcio rehízo su vida, se casó y tuvo dos hijos varones, por suerte, porque no hubiera admitido otra princesita en mi vida. Durante los años en que no tuvo hijos, nuestra relación había sido pésima, pero cuando nacieron mis hermanos todo comenzó a cambiar y logramos entendernos. Pero como buen cocainómano, mi viejo era un tipo negador. La realidad le parecía una mera excusa que podía hacer y deshacer a su gusto. Hacía poco había enterrado a su padre (mi abuelo) y eso le había llevado a enfrentamientos con demasiada realidad. 

No podía creer que casi tres meses después de visitar el cementerio con él iba a tener que decirle que su primogénita también moriría pronto.

Tenía que buscar alguna frase de un tango o de una canción de los Stones, su banda favorita, para que me entendiera rápidamente. 

No estaba segura de cómo iba a reaccionar yo, pero estaba convencida de que él se iba a reír de nuestra desgracia. 

Eso era lo bueno de tener un padre como el mío, pasara lo que pasara sabía que iba a hacer un chiste, que íbamos a reír y que todo iba a estar bien. 

(*)Arrancamos otra aventura literaria pero hablamos del amor, el desamor y ese punto intermedio entre lo vivo, lo muerto y lo que no puede dejar de latir hasta que lo hace para siempre: el corazón. Se trata de una historia que parece oscura pero esconde mucha luz, una tragedia escrita como comedia, una mentira que siempre está al borde de ser verdad. El mundo es de los valientes. Allá vamos. 

Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.