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  • miércoles, 27 de mayo de 2020

 A Evita (no todos los peronistas nacimos en casas peronistas) 

 A Evita (no todos los peronistas nacimos en casas peronistas) 

Éramos 17 compañeros de clase en total, ninguno vivía a más de cuatro cuadras de distancia entre sí; todos éramos muy amigos. Cada año, una de las chicas festejaba su cumpleaños, e invitaba a todos menos a mí. Me ponía muy triste todo lo que se generaba en los días previos, el día del cumpleaños y al día siguiente. Yo quedaba siempre al margen de los cuchicheos de los preparativos, imaginando las alegrías del festejo, y al costado de las risas del recuerdo. 

Un año, cuando se acercaba la fecha del festejo, mi mamá, viéndome triste, se acercó a hablar con la mamá de Marisa a la salida del colegio. Ella le explicó que no tenían nada en contra mío; al contrario, a su hija también le apenaba no invitarme a su cumpleaños, pero le ganaba la vergüenza que sentía por la sencillez y humildad de su casa que no era grande y linda como la mía. Su mamá le prometió a la mía que iba hacer el intento de explicarle a su hija que, si me invitaba al cumpleaños, yo no iba a prestar atención a los detalles de su casa. Así, a los siete años, sentí confusión y, también, impotencia. Siendo una niña, los adultos me habían empujado a la realidad de los detalles de la desigualdad y las diferencias. 

Finalmente en un recreo, el mismo día de su cumpleaños, Marisa se acercó al escalón en el que yo estaba sentada sola y, adelantándose un poquito de las otras chicas con quienes cuchicheaban sobre los detalles del festejo, extendió su mano con un papelito sin decirme nada. “A las 16 en casa”, estaba escrito. 

Sobre una de las últimas calles del pueblo, pasando apenas de la esquina y en perpendicular a las vías, me encontré parada, a las cuatro de la tarde con el cabello suelto, con un único mechón sujetado con una cinta de raso blanca, que se me metía en la boca por la brisa otoñal de mayo. Yo esperaba en una vereda despareja y rocosa, frente a una puerta de madera gris de dos hojas, robustas, pesadas y descascaradas; aún tengo presente las sensaciones e imágenes de la ansiedad de la espera. 

Tuve que golpear dos o quizás tres veces, porque mi puño pequeño, apretado y nervioso, era demasiado débil para hacerse escuchar al otro lado de aquella poderosa puerta. Dos o tres tirones y un golpe seco la abrieron desde adentro. 

El padre de Marisa, Pepe, me recibió con una alegre sonrisa. Miré para abajo para no tropezar con el marco de la puerta que sobresalía de la vereda en el umbral de la casa y, además, de mis pantalones rojos y mis guillerminas azules, puedo recordar lo rápido que levanté la vista al notar que el piso entero de la casa era de tierra. Lo último que quería era que pensaran que había reparado en ello. 

En ese eterno instante que duró el recorrido de mi mirada desde el piso hasta a la pared más cercana, me encontré con una foto de una mujer. Nunca la había visto antes, ni había escuchado hablar de ella. 

Sobre la mejor pared de adoquines de la casa, iluminada por la luz que todavía entraba por la robusta puerta entreabierta y a mis espaldas, mi vista quedó clavada sobre un cuadro de una hermosa y cálida mujer, con un rodete rubio y una maternal sonrisa. 

El papá de Marisa advirtió mi sensación frente a la imagen de esa cautivante mujer, que colgaba imponente en la pared de su casa. Antes de cerrar la puerta, Pepe me dijo, hinchando su pecho y sonriendo aún más que antes, mientras la señalaba con el brazo que no sostenía la puerta: Evita… te gusta Evita, ¿no? 

Lo siguiente que recuerdo es la mano de Marisa tironeándome para llevarme a jugar con los demás. Cantamos el feliz cumpleaños dos veces. El papá de Marisa nos divirtió imitando a cantantes famosos; no me puedo acordar de las canciones pero sí de las carcajadas compartidas. 

Si hoy cierro los ojos y pienso en ese día, solo me quedan sensaciones de felicidad de una tarde de cumpleaños con amigos de la infancia y el recuerdo de mi primer encuentro con Evita, cálida y sonriente, custodiando las paredes de adoquines de una pequeña y humilde casa que abrió, en mi pequeña cáscara burguesa, las puertas a la sensibilidad social que nunca más se cerraron en mí.

Paula llasen