15:36 h. Jueves, 14 de Diciembre de 2017

Cuatro Palabras

Doce horas de silencio japonés

Por Laura Federico  |  16 de Noviembre de 2016 (01:00 h.)
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DE VIAJES

Trece millones y medio de personas. Tokio. Una ciudad en la que no se permite caminar y fumar al mismo tiempo. En la que se puede escuchar el ruido de los pasos, de las teclas bajando. Del respirar de las filas para cruzar la calle. En donde el silencio es un bloque de gelatina que lo envuelve todo. Una realidad en el que me abría paso cada día para pertenecer.

Comíamos en los supermercados. Yo calentaba las albóndigas de papas en el microondas y, con palitos chinos, me metía en la boca fetas de pescado crudo. El agua era gratis, y sentarse en las mesas también. Caminaba por la vereda comiendo bolas de dulces que venían en unos pinches. Estaban hechas con arroz apelmazado. Primero la blanca, después la verde y por último la rosa. A la vuelta, procuraba que mis medias no estuvieran rotas. Me sacaba los zapatos para entrar al edificio y, una vez dentro del baño, la tapa del inodoro me esperaba tibia y dispuesta. Agha vivía en un albergue para estudiantes. La construcción tenía tres pisos y una cocina. Yo esperaba sentada en una mesa de madera, mientras él preparaba un licuado de paltas, naranjas y manzanas. Esa noche cocinamos fideos secos con tuco. Un japonés que estaba allí me hablaba de su trabajo. Recuerdo que era empleado en una empresa de Marketing. Trabajaba doce horas diarias, aunque solo le pagaban por ocho. Yo estoy conforme con mi salario, decía. Mientras que en los platos quedaban nada más que los surcos que el pan había dibujado sobre la salsa; nosotros seguíamos hablamos de viajes y paisajes y de planes futuros en letargo hasta que hubiera tiempo para vivir.

Tokio. Mucho más de trece millones y medio de habitantes. Con traje, corbata. Con paraguas negros. Empleados esperando en la fila para cruzar la calle. Doce horas. El reflejo de un monitor detrás de esos anteojos. El sonido de los pasos, de las teclas. Y, por último, el silencio.