• 18:06
  • miércoles, 26 de enero de 2022

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

 

Cuando fuimos el futuro

Una verdadera batalla gastronómica. Así podría haber sido la definición periodística de aquella fiesta de fin de año (podría haber sido, pero aquella definición no existió, porque por aquellos años la familia estaba libre de periodistas). Cuestión: las familias de la madre y del padre de Camilo se juntaron a recibir el año nuevo en el campo de la Nona. Estaban todos, hasta el tío Pedro, que había llegado desde Rauch, el nuevo destino que le había asignado el banco.

La familia de Camilo fue la primera en llegar, poco antes del mediodía. Al poco tiempo cayeron los tíos Faustino y Nora con el costillar y los chorizos y las morcillas; y juntos cambiaron el agua de la pileta, cortaron el pasto, lavaron platos y vasos. Camilo y Darío se dedicaron a buscar leña y tuvieron que hacer varios viajes, hasta que armaron una gran pila de cortezas y piñas y ramitas secas. Darío le contó que los padres le iban a regalar para Reyes un metegol de madera con los jugadores pintados de Boca y de River; Camilo pensó en que le gustaría mucho que le regalen un buzo, una malla nueva y el libro Más aventuras de Tom Sawyer.

Luego del esfuerzo, los primos se metieron a la pileta, estaba helada, y jugaron al Marco Polo con Mateo y Antonio. Desde el agua vieron cómo llegaba el resto de los invitados. El tío Agustín y Elisa trajeron a Pedro y la Nona. El tío Julio y Lucila con Mamina y el Vasco. Las dos abuelas cargaban bandejas y fuentes de vitel toné (¡nooo!), lengua a la vinagreta (¡puaj!), matambre arrollado (¡bien!), mayonesa de ave (¡sí!), un strudel de manzana (pasooo) y una torta selva negra (¡bravo!) que fue directo a la heladera. 

Prepararon mate y comieron unos bizcochitos de grasa que había preparado Mamina. A eso de las siete y media de la tarde, Roberto y el tío Faustino prendieron el fuego, mientras Pedro preparaba una salsa criolla, el chimichurri y la salmuera. Las primeras brasas de la parrilla, el papel de diarios para quitar la grasa de algún asado anterior, el costillar tendido sobre los barrotes de acero.

Las abuelas charlaban debajo de la parra, recordaban historias y personajes de un pueblo que ya no estaba, de un maestro socialista que se retó a duelo con un juez de paz -ferviente devoto de la Virgen de Guadalupe- que le había recriminado por qué se negaba a enseñarle religión a los alumnos; de un tío de la Nona que se había jugado doscientas hectáreas de campo en una mano de truco y las había perdido; del abuelo de Roberto, que una vez salió a comprar un kilo de harina y recién volvió a la casa al día siguiente y sin el mandado resuelto; de la vez en que el primo Antonio casi se quedó pegado a la heladera por andar en patas y con la malla mojada y el tío Faustino pudo salvarlo golpeándole el brazo con el palo de una escoba.

Y así se hizo la hora de acomodar las mesas, la de los grandes y la de los chicos; de sacar los chorizos y las morcillas de la heladera y ponerlos cerca del fuego; de tender los manteles y buscar un par de sillas del galpón. ¿Dónde se metieron estos dos? ¡Se podrían bañar, que estuvieron chivando todo el día! Había que poner los platos y los vasos y las servilletas y agregar más leña al fuego. ¿Nadie le alcanza un vasito de vino a los asadores? Esperá que le echo un poco más de salmuera al costillar.

Empezaron con la mayonesa de ave y la lengua a la vinagreta, mientras la tía Nora entretenía a todos con sus historias e imitaciones. Sirvieron el vittel toné y el arrollado de pollo y hubo elogios cruzados entre ambas abuelas y consultas sobre recetas y recomendaciones sobre dónde comprar cada cosa. Los chorizos y las morcillas estaban listos y repartieron los bols con ensaladas. El tío Agustín relató la historia de los Gutiérrez Areco, los dueños de la estancia más grande del partido, casi cuatro mil hectáreas, y la Nona se acordó de cuando doña Luisina le pedía prestado a Agustín y Pedro, así, como si fueran objetos, para que estuvieran un rato en la estancia jugando con Gonzalo, el menor de sus hijos; y, al mediodía, la familia almorzaba en una mesa y Agustín y Pedro comían con el personal de servicio, y ella se enteró y les prohibió que volvieran a la estancia. Varias décadas más tarde, contó Pedro, Gonzalo Gutiérrez Areco vivía en Buenos Aires. Y Pedro también. Gonzalo le pidió que lo acercara a Chacabuco en auto, porque su Mercedes Benz estaba en el mecánico. Pedro pasó a buscarlo por el palacete de la calle Quintana con su Dodge 1500 con caja automática, y Gonzalo se sentó en el asiento trasero. Pedro, estupefacto, decidió no arrancar. Pasaron varios segundos y nada. Gonzalo, entonces, preguntó qué pasaba. Pedro le pidió que se bajara del auto, que no era su chofer, y que ningún hombre nació para ser esclavo. Gonzalo se bajó y volvió entrar al palacete.

Roberto y el tío Faustino se levantaron de la mesa y quitaron las costillas de la carne y Darío y el Vasco y Camilo disfrutaron de esa carne crujiente, sabrosa, pegada a las costillas. Ya eran cerca de las doce y Nora pidió que escribieran sus deseos para el año próximo en un papelito. Todos hicieron sus anotaciones, Camilo también escribió con rapidez, sin dudas, aunque eran cuatro y no tres sus deseos, porque se había olvidado de uno que era muy importante, pero no quería borrar ninguno de los anteriores. Cuando todos terminaron, se acercaron a la parrilla y quemaron los papeles, deseando que se cumplieran los deseos, pensando en qué debían hacer para que se concretaran, pensando en qué habrían anotado los demás. Son las doce, son las doce, Pedro anunció que comenzaba el nuevo año. Se abrazaron, caminaron en círculos, se desearon buenaventura unos a otros. Mamina abrazó a Camilo fuerte, bien fuerte, y él se quedó un rato entre sus brazos.

El tío Pedro trajo las botellas de sidra y de ananá fizz y unos turrones de almendra que había comprado en Buenos Aires y un pan dulce que había encargado en la confitería Lacentra. Brindaron y siguieron hablando y recordando anécdotas de un Chacabuco más niño (aprovechando la distracción, Camilo, el Vasco y Darío tomaron a escondidas algo de esa sidra ya caliente, y sintieron un ardor en el estómago, incontenible, hasta que vomitaron a escondidas en el cuarto de herramientas). La Nona cortó su selva negra y algunos robaron las ramitas de chocolate que la decoraban (no seremos indiscretos ni denunciaremos quiénes fueron los responsables de tamaño arrebato, se trata de delitos ya perimidos).

En eso estaban cuando Pedro volvió con una bolsa con regalos para sus sobrinos: un libro de Jack Kerouac para Mateo; un casete de The Cure para Iñaki; una pista de autitos de TC2000 para Darío; el juego de El Estanciero para Camilo. Al Vasco le regalaron una camiseta de San Lorenzo. Armaron la pista, pegaron los calcos en los autitos, mientras el tío Julio, Lucila y Mamina se despedían, y el Vasco se quería quedar, pero se terminó yendo igual, y luego se fueron Agustín y Elisa con la Nona. Violeta y Pedro limpiaron la parrilla y se sentaron en las reposeras. Aún mareado, Camilo se acostó arriba de su mamá, aspiró los perfumes de la noche y se durmió pensando en los cuatro deseos que había pedido para este 1986 que recién comienza.